lunes, 7 de abril de 2008

El Sol de Los Andes - Capt. II


Entre los años de 1925 al 1928 mi padre José H. Vivas se desempeñaba como caporal en la construcción de la nueva Carretera Trasandina en el sector comprendido entre los páramos de “El Zumbador” y de “La Negra”, en ese tramo se encuentran las poblaciones de El Cobre y La Grita.

Vivían mis padres y hermanos bajo una gran carpa de lona, la cual se mudaba de sitio periódicamente a medida que avanzaban los trabajos de la nueva carretera.

Allí lo acompañaba mi madre Angelina o su “Blancamaría” como cariñosamente la llamaba y sus hijos Pablo, Roberto, Justo, Deodá, Isaura y Livia. En aquella carpa a un lado de la carretera en las curvas conocidas como “Guacharaca” y “Callejón Verde” nacimos yo, Rafael, en octubre de 1926 y mi hermano Fruto en enero de 1928, bajo las atenciones y cuidados de una comadrona.

Que yo recuerde mi madre durante sus 15 partos y 2 pérdidas jamás fueron atendidas por un médico obstetra, siempre tuvo a su lado una “comadrona” y para su recuperación, respetaba la consabida “cuarentena”, o sea sus 40 días de reposo a base de caldo de gallina.

A mediados de 1928, mi padre ya cansado de aquella vida casi a la intemperie, en pleno páramo y con ocho (8) hijos a cuestas, optó por residenciarse en el pintoresco pueblito de Cordero a donde había sido transferido para la construcción de un puente colgante en la quebrada de “La Cordera”, a 6 km. de Táriba.

Allí en Cordero “El tuerto José H.“, con sacrificios y con la ayuda de sus hijos mayores y vecinos, fue construyendo su casa, con paredes de tierra pisada, techo de madera, caña brava, tejas, y pisos de ladrillos, la cual bautizó con el nombre “El Sol de Los Andes”. Aquí nacieron: Facundo, José Alí, Miguel, Marcos, María Auxiliadora, Gloria y Angelinita.

En “El Sol de Los Andes”, mi padre instaló una tienda de víveres, refresquería, panadería y una bomba de gasolina. “El Sol de Los Andes” fue durante fue durante muchos años el sitio de parada de autobuses y camiones que iniciaban su travesía por la nueva Carretera Trasandina, y también fue la fuente de ingresos de mis padres para levantar y educar esa gran familia de los Vivas Vivas compuesta por 15 hermanos, 9 varones y 6 hembras.


La panadería la atendía personalmente “Blancamaría” (mi madre), con la ayuda de su asistente la Señora Antonia Carrero. Disponían de un gran salón donde se amasaba el pan y se preparaban mantecadas, quesadillas, cucas o paledonias, etc., y un horno de ladrillos refractarios construido por mi padre el cual se calentaba con leña.

Dos veces a la semana había amasijo de pan y recuerdo que una de nuestras obligaciones ese día era ir a los cafetales vecinos a recolectar matas de escobilla para fabricar los escobillones con los que se barrían las brasas y cenizas de la solera del horno antes de introducir el pan.

En cuanto a la bomba de gasolina, mi padre logró una concesión de la “Shell Caribbean Petroleum Company” para la distribución de lubricantes y combustible.

A grandes rasgos la bomba de gasolina consistía en:
Un depósito metálico subterráneo con una capacidad de 2.000 a 2.500 litros aproximadamente.
Una estructura metálica cilíndrica de 1.5 metros de altura.
Al final de la estructura estaba instalado un cilindro de vidrio con una capacidad para 50 litros y tenía incorporada una escala graduada de 0 a –50, de 5 en 5 litros.
Una bomba manual de succión que funcionaba con una leva, la cual al moverse alternativamente aspiraba gasolina del tanque subterráneo y llenaba el recipiente de cristal.
Una manguera de goma instalada en el fondo del recipiente de vidrio con pico de cierre manual.

El suministro de gasolina era muy simple: se introducía una manguera en el tanque del carro, simultáneamente en la escala graduada en el cilindro de cristal se controlaba la cantidad de litros despachados. Terminado el servicio se accionaba la leva para llenar de nuevo el recipiente.

Como complemento a la bomba de gasolina mi padre compró un pequeño autobús al que también bautizó como “El Sol de Los Andes” y se usaba como transporte de pasajeros entre Táriba y Cordero, donde se cobraba una locha (12.5 céntimos) por pasaje, salvo un día en la semana en que se le quitaban las butacas y se usaba para llevar tambores metálicos vacíos y traerlos llenos de gasolina desde Estación Táchira, hoy San Félix.

Esta gasolina se le compraba a la Shell Caribbean en sus oficinas de Estación Táchira, la cual a su vez era traída de los campos petroleros del Sur del Estado Zulia, “Casigua” y “El Cubo” utilizando el “Gran Ferrocarril del Táchira”, el cual lamentablemente prestó sus servicios hasta 1.955 y del cual hablaré detalladamente más adelante.

Entre las cualidades que recuerdo de mi padre, puedo mencionar algunas muy interesantes:

Medicina:
Poseía José H., grandes conocimientos de medicina y enfermería, siendo el médico y curandero del pueblo y de su familia. Solía respetar y curar observando la muestra de orina y además aseguraba tener poder magnético en sus manos, siendo capaz de estancar la sangre de una herida a distancia o con solo pasar suavemente las manos sobre la misma, sin tocarla, asimismo, con el pase de las manos aliviaba dolores reumáticos o de cabeza. Siempre usó un gran cinturón con placa de cobre, que según él, le daba el poder magnético.

Poder mental:
En muchas ocasiones y en presencia de vecinos, solía detener las manecillas de un reloj, detenía a voluntad el movimiento de los molinillos de viento en las cumbreras de las casas. También adivinaba o leía el pensamiento con solo mirar los ojos de una persona. Le gustaba divertirse con los vecinos adivinando el color o el número en que estaban pensando.

Vigor físico:
A sus cincuenta años de edad, recuerdo que papá caminaba sobre un alambre (cuerda floja), ya que era un consumado equilibrista. Divertía a los vecinos y a sus hijos dando dobles saltos mortales hacia atrás y cayendo de pié. En su juventud, fue trapecista en un circo junto con su hermana Ana María.

Lectura:
Mi padre fue un gran lector, durante las noches reunía a hijos y vecinos, y de memoria noche tras noche, narraba los capítulos de “El Conde de Montecristo”, “Las Mil y una Noche”, “Don Quijote de La Mancha”, “Las Aventuras de Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno”, “Los Viajes de Aladino”, Simbad el Marino”, entre los que yo recuerdo.

Una vez, en una reunión social, el historiador Tachirense Dr. Ramón J. Velásquez, le hizo a mi hermano Miguel el siguiente comentario “…en mi juventud, cuando vivía en Táriba fueron muchas las noches que fui a Cordero a oír las amenas tertulias de José H”.

Al “Sol de Los Andes” solían venir a pasar temporadas los Vivas de Colón, mi nona Juanita Morales, mi tía Teresita hermana de mi padre, mi tía Teresa, hermana de mi madre, los primos Isaí, Zoé, Virgilio, Eliseo, Luis Enrique, Gonzalo, Efraín, Justo del Carmen, Doris, Gumercinda, Edmundo y otros. También los hermanos, hijos de papá, David, José Horacio, Nestor, Hugo y Carmencito.

Mi madre Angelina, esa madre, gran madre, siempre quiso, recibió y alojó con cariño en su casa a los hijos de mi padre, que en su juventud fue mujeriego y sangre liviana.

Contaba mi padre, que las actuaciones del circo se terminaron, porque la estrella equilibrista, que era mi tía Ana María, una noche, al terminar la función, se la raptó un hombre montado en un caballo blanco. Luego supimos que mi tía se había radicado con su “raptor” en el pueblo de Zea, en el Estado Mérida, y de esa unión nacieron el General Rafael Virgilio, Jerónimo, el teniente Félix Pascual, Esther y Teresita, todos mantuvieron el apellido materno. Más tarde la tía Ana María, regresó a Colón con las dos pequeñas, alegando haberse fugado de Zea.

Pasado el tiempo, mi tía contrajo nupcias con Don Hernán Pacheco, y de allí nacieron los Pacheco-Vivas, Edmundo, Gumercindo, Gumercinda, Luisa, Gerardo y Doris.

Nota: hoy día, en el Museo del Transporte de Caracas, se encuentra como reliquia, una
bomba de gasolina, muy similar a la de Cordero, son tan parecidas, que yo cuando la vi, tuve la sensación de estar frente a la bomba de “El Sol de Los Andes”. ¿Será la misma?
La foto de este post es la de la auténtica bomba de El Sol de Los Andes.