lunes, 7 de abril de 2008

Un día de pesca - Capt. IV

Este primer recuerdo de mi infancia se remonta a un día de verano de 1932 cuando contaba con seis (6) años de edad y sé que era verano por el canto de la chicharra y chicharrines en los cafetales del pueblo.

Mis hermanos mayores Roberto y Justo me llevaron a pescar sardinas en el río Torbes, el cual pasa muy cerca de la meseta donde se encuentra la población de Cordero. Este recuerdo de mi primer día de pesca se grabó en mi mente debido a un fenómeno de la naturaleza, pues justamente cuando regresábamos del río y estábamos muy cerca del pueblo ocurrió un movimiento sísmico de regular intensidad que incluso hizo sonar las campanas la Iglesia de Monte Carmelo cuando se fracturó la torre del campanario.

Posteriormente ya adolescente supe que efectivamente que en 1932 ocurrió en el Táchira un movimiento sísmico, con epicentro en la vecina Colombia, el cual causó graves daños a la torre del campanario de la mencionada Iglesia.

Los utensilios de pesca que usábamos eran anzuelos muy pequeños, unos 3 metros de cordel fino, una varita de cañuto (bambú) delgada de unos 2 metros de largo y como carnada bolitas de masa de harina de trigo. Llegábamos a pasar de tres (3) a cuatro (4) horas río arriba y río abajo, de pozo en pozo pescando sardinas hasta que se terminaba la masa, con suerte teníamos días que pescabamos15 o más sardinas cada uno.

En algunas ocasiones usábamos una “cicuela”, especie de nasa de mimbre que se introducía con una piedra en el fondo de los pozos y como carnada se metía en la nasa pan y cura (aguacate) maduro. Las púas de mimbre en la abertura de un extremo de la nasa permitían la entrada de las sardinas pero le impedían la salida. Ese tipo de pesca era más productiva pero menos divertida, pues no sentíamos la emoción de la “picada” con anzuelo.

Cuando se acababa la nasa, solíamos atrapar a mano limpia debajo de las piedras, lauchas, una especie de anguila de río. Terminada la pesca en el mismo río “limpiábamos” las sardinas quedando listas para freír y regresábamos a casa. En los días de pesca no nos faltaba la flecha (china o gomera) y pájaro que se atravesaba en el camino de ida o vuelta le hacía compañía a las sardinas, pues se comían asadas a la brasa.

Muchas veces los días de pesca eran en la quebrada de “La Cordera” afluente del río Torbes, la cual nos quedaba mucho más cerca. En esta quebrada existía un dique de concreto que represaba el agua y la canalizaba hacía la central hidroeléctrica del Torbes en la aldea de “Llanitos”, distante a unos tres (3) km. El dique de “La Cordera” formaba una especie de represa, que usaban en Cordero como piscina, grandes y pequeños para bañarse, aprender a nadar y a pescar.

Uno de los recuerdos más curiosos de esas excursiones de pesca, era nuestro sentido de la economía, ya que para no gastar las alpargatas nos las quitábamos a la salida del pueblo, las metíamos en la correa y nos las volvíamos a poner al regreso, en la entrada en la entrada del pueblo. De esta manera, la travesía y la pesca la hacíamos a pie descalzo.