lunes, 7 de abril de 2008

Mata de Cacao - Capt. XI

Existía en 1940 o tal vez aún exista un asentamiento campesino llamado “Mata de Cacao”, en plena montaña a unas ocho (8) horas de camino de San Juan de Colón. Allí, en “Mata de Cacao”, vivían mi tía Soledad (hermana de mi padre) en unión de su nuevo esposo y los hijos de su primer matrimonio con Segundo Montoya. Mi tía quedó viuda en la época de las guerrillas de Peñaloza cuando una comisión del gobierno, que andaba en busca de los hermanos Vivas, llegó a su casa y en el momento que su esposo, Segundo Montoya, les abrió, fue acribillado a balazos creyendo que era uno de los Vivas. Los hermanos Vivas, Efraín, José H. y Luis, fueron fieles seguidores de la causa del General Juan Pablo Peñaloza, enemigo de la dictadura Gomecista.

Un sábado, día de mercado en Colón, vino de compras desde “Mata de Cacao” mi primo Ramiro. Esa noche, el primo se quedó en casa de la abuela y nos habló mucho de su casa y de su mamá, diciéndonos, “…primo, vamos mañana para que conozca a “Mata de Cacao” y a su tía Soledad y regresamos el próximo sábado”. Ante esta invitación, mi nona Teresa comentó: “Rafael, aprovechá que estamos en Semana Santa y váyase a conocer a su tía Soledad”.

A la mañana siguiente, Domingo de Ramos de 1940, muy temprano salimos para “Mata de Cacao” por el camino real que iba de Colón a la frontera. En un morral Ramiro llevaba las compras del mercado (sal, arroz, harina y algunas medicinas) y yo simplemente llevaba una muda de ropa (pantalón corto y camisa), cucas (catalinas) y queso blanco como avío para el camino. Como yo no estaba acostumbrado a caminar tanto sin descansar, cada dos (2) horas tomábamos un descansito. Me acuerdo que poco antes del mediodía. Cuando tomábamos un descanso, Ramiro señaló unas colinas y me dijo:

“Mire primo, ¿usted ve aquella loma? pues tenemos que subirla y cuando empecemos a bajarla veremos a “Mata de Cacao”, así que comamos algo y sigamos camino para que no nos coja la noche. Subimos el cerro y al llegar a la cumbre se podía contemplar un verde y frondoso valle, donde se notaban deforestaciones aisladas para cultivos y conucos. Como una media hora más tarde Ramiro exclamó: “¡estamos llegando a “Mata de Cacao!”. Calculo que eran como las 4:00 de la tarde y habíamos salido de Colón a las 6:00 de la mañana. Pude observar que el camino real, probablemente de la colonia, estaba bien conservado, era muy usado por recuas de mulas que iban y venían de la frontera.

Al llegar al conuco de la tía Soledad me causó una gran impresión las características de las viviendas, las cuales trataré de describir lo mejor posible a través de mis recuerdos.

Había tres (3) cabañas grandes y similares de dos (2) plantas. Estaban construidas cada una sobre seis (6) horcones de madera que conformaban un espacio de 24 metros cuadrados. La planta alta de las cabañas tenía paredes de bahareque con ventanas sobre un piso de madera entramada con una capa de barro alisado, cubiertas con un techo de paja a dos aguas.

La planta baja carecía de paredes. A un lado había un muro rectangular de piedra y arcilla de aproximadamente 0.80 x 0.80 x 2 metros, que se usaba para cocinar con leña en ollas de barro cocido, a su vez tenían un mesón grande para uso múltiple, hecho de troncos de madera muy bien acabado con hachuela, las sillas eran de cuero. El piso era de barro arcilloso pisado y totalmente liso. Cada horcón tenía un mecate para colgar hamacas.

La planta alta servía simplemente de dormitorio y en una esquina del piso existía una abertura de un metro cuadrado por donde se subía por una escalera de guadua (bambú). Esta escalera durante la noche permanecía en el soberado (habitación) y de día se sacaba para subir o bajar.

En la cabaña principal vivían mi tía Soledad con su esposo y un hijo pequeño y en la planta baja estaba la cocina principal, la segunda cabaña era de los hijos mayores y la tercera la usaban como depósito o granero. Nunca pregunté las razones que tenían para aislarse en la noche en el soberado, pero creo que era como una protección ante la posible presencia de animales nocturnos tales como tigres o cunaguaros.

Esa tarde conocí a la tía Soledad, a su esposo, y a mis otros primos, y cuando cayó la noche me fui a dormir con los primos en la cabaña. Durante la noche se alumbraban con “mechurrios” hechos con una sarta de semillas de tártago, las cuales daban más luz que las velas, en cuanto a la plaga se espantaba con braceros donde se quemaba la bosta seca de vaca con hojas de eucalipto, lo que no supe es si lo que ahuyentaba a los zancudos era el olor de la bosta de vaca o el olor del eucalipto.

En aquella semana que pasé en “Mata de Cacao” pude constatar como sobrevivían aquellos colonos en un asentamiento campesino en plena montaña, tan sólo cruzado por un camino real por donde ocasionalmente pasaban arreos de mulas que iban o venían de los pueblos de la frontera.
Los cultivos típicos de ese lugar eran el maíz, yuca, plátanos, hortalizas, café y cacao prácticamente silvestre. Producían lo necesario para el consumo diario y el excedente se almacenaba para venderlo periódicamente a los arrieros con sus mulas, los cuales llevaban la producción agrícola a los poblados en la frontera con Colombia.

En cuanto a otras necesidades básicas su obtención era muy funcional, por ejemplo: el suministro primario de carne provenía de la cacería en la montaña y era muy variado, venado, lapa, pavos, guacharacas y hasta monos. Cazaban sólo para el consumo de la semana y salaban la carne para conservarla. Una vez al mes iban de pesca al río Táchira como a seis (6) horas de camino y con tarraya pescaban normalmente boca-chicos y ocasionalmente bagre amarillo con anzuelo, en el mismo río limpiaban y salaban los peces.

En el Asentamiento habían algunos que tenían vacas de ordeño y toros y además cultivo agrícola, los cuales vendían, también leche y queso y en algunas ocasiones carne salada de res. Periódicamente iban a Cúcuta en Colombia o a Colón para obtener insumos tales como la sal, harina, arroz, telas, vestidos, alpargatas y medicinas básicas como Aspirina, Cafenol, purgantes, jarabes, píldoras, alcohol, yodo, etc.,

En aquél sitio y en aquella época la única asistencia médica que había en el asentamiento era la de una señora comadrona (partera), pues para atender a un enfermo el médico más cercano estaba a seis (6) u ocho (8) horas de camino, en Cúcuta o Colón.

Aquellos días de la Semana Santa de 1940 fueron inolvidables para mí, acompañé a los primos de cacería e inclusive tuve un día de pesca. Estos recuerdos de “Mata de Cacao” los pude confirmar en Puerto Ordaz en 1970 cuando mi tía Soledad vino a visitar a su hermana, mi tía Teresita. En esa ocasión ambos recordamos esa Semana Santa y ella me aclaró muchos detalles del tiempo vivido por ella en “Mata de Cacao”.