lunes, 7 de abril de 2008

En memoria a Justo Guzmán Vivas- Capt. XVI

En este capítulo deseo hacer un homenaje a mi querido hermano Justo por lo cual copiaré los manuscritos que me envió a Puerto Ordaz, relativos a Cordero y a nuestros padres.

Los cien años de Cordero

Cordero es la capital del Municipio Andrés Bello del Estado Táchira; pintoresco y bonito pueblo ubicado sobre la carretera trasandina, a escasos 12 Km. de San Cristóbal, asentado en fresco valle casi frío, como que está al pié del páramo de el Zumbador, entre las quebradas La Cordera y La García, con el río Torbes lamiendo sus laderas sembradas de yuca, café y caña de azúcar.

El pasado 26 de Noviembre Cordero, celebró sus cien años de fundado, sus habitantes esperan ver realizadas en el año 1971 todas sus esperanzas, en particular la terminación de su iglesia iniciada por los párrocos Reyes, Orozco y Guerrero.

Cordero comenzó a crecer en 1930 con su propio esfuerzo, y con el esfuerzo de sus hombres. En 1933, gracias a Monseñor Acacio Chacón, Arzobispo de Mérida, eminente hijo del pueblo, Cordero tuvo cura, tuvo sacerdote. Fue el padre Rafael Ramón Lamus; progresista, inteligente y dinámico; movió el pueblo todo; a las aldeas; hizo repicar las campanas del progreso; contó es verdad, con un gran colaborador, el maestro de escuela don José Crisanto García; admirable educador; eficiente promotor de veladas, actos culturales, excursiones, etc. Fue el maestro por excelencia de este pueblo; el maestro modelo, como bien dijera el padre Juan Eduardo Ramírez Roa en brillante pieza oratoria pronunciada recientemente “él nos enseñó a cantar, él nos enseñó a tocar, nos enseñó a sembrar, porque don Crisanto sabe de todo…”

Con el padre Lamus y con don Crisanto estuvo luchando hombro con hombro por Cordero una gran mujer, una gran dama: Rebeca Colmenares de Rivas; fue este un triunvirato brillante para el progreso de Cordero y el impulso que tomó fue tal, que en Febrero de 1937 fue elevado a Municipio con el nombre del más ilustre hijo de Caracas y América: Andrés Bello. La primera entidad política que en Venezuela escogía de nombre al más preclaro de sus hijos, fue este Cordero del Táchira.

Y Cordero siguió creciendo, siguió mejorando y vinieron otros curas no menos brillantes y progresistas, Corredor Tancredo, Reyes Orozco, Guerrero y Affani. Reyes Orozco fue el cura ingeniero, constructor, fundador, trazó calles, construyó y fundó escuelas; en casi todas las calles de Cordero está la mano de Reyes Orozco, y la iniciación de la imponente iglesia que se terminará este año, Dios mediante. Hoy Cordero es un placer, un gran placer visitarlo; tiene de todo o de casi todo: calles asfaltadas, acueductos, cloacas, medicatura, grupo escolar, escuela artesanal, y en breve una hermosa iglesia que será joya arquitectónica.
Este Cordero del 71 luchará, peleará como en los días de Junio de 1899; ahora con más brío, como que está iluminado con la señera figura, el busto del más ilustre de los americanos, don Andrés Bello.

Cordero de antaño que añoro de veras

EL cordero de antaño que añoro de veras,
el Cordero de hace cuarenta y más años.
Era un Cordero bonito, un caserío apenas
con dos calles largas, una de tierra,
a carretera y otras empedradas a medias
y seis cortas transversales,
con trescientas casas más o menos.

Una Iglesia sin cura con una virgencita buena,
una plaza sin estatua y dos escuelas:
una de varones y una de hembras;
una bomba de gasolina
y un ingenio que daba luz al pueblo.

Cuatro negocios de telas y géneros
y cinco o seis tiendas que vendían de todo:
Panela, sal, arroz y otros granos,
guarapo fuerte, miche claro, mistela y berro,
ron, brandy y ginebra;
whisky entonces allí no se conocía...

Los domingos de este Cordero lejano
que tanto añoro y quiero,
eran muy alegres y sanos
aunque violentos a veces;
se llenaba el pueblo de gente,
de gente humilde, de aldeanos,
de Llanitos, del Llano de la Cruz,
de Salomón, de Pan de Azúcar, de El Fical,
de Monte Carmelo, Támuco, Las Guamas y El Tampacal....

Eran domingos sin misas, sin sermones y sin rezos;
eran domingos multicolores, de fiesta,
de parranda, de miche y de mistela,
de guarapo fuerte, de chicha y de pasteles.
Eran domingos violentos de peleas,
de peleas de hombres y gallos; domingos de juegos,
de juegos de bolo, de turra, de tejo y de picao.

Los muchachos nos íbamos de pesca al río Torbes,
al dique de La Cordera o La Planta a bañarnos,
a aprender a nadar; deportes sanos,
inocentes deportes de los muchachos del Cordero distante.

Personajes importantes del pueblo eran:
don Juan Roa, don Rufo y don Abelardo Chacón;
don Rafael María, don Armando y Don Antonio Ignacio;
don Heliodoro Bonilla, don Honorio y Don Anselmo;
don Epitacio, don Aquilino Antonio y don Fausto;
don Francisco, Juan Casanova, Gabino Delgado y don José H.
Hombres cabales, completos, eran estos hombres.

Y los no viejos y los jóvenes ¿quiénes eran?
Los dos Belisarios: “El Rabero” y Rangel el pintor,
Pintor y pintón; Victor “Copo” y Onofre Guerrero;
Pablo “Grillo”, Varela y los campaneros Luis, Sixto y Andrés;
Los Juanes, “El Rute”, y “Palomo” y Manuelito Quintero;
Miguel “Manteco”, Antonio Becerra y los Sánchez
Eleazar, Eduardo, Julio, Pedro, Francisco, Urbano,
Víctor “Pata e Cuadra”, y Daniel;
Adrían Rivas, Ramón y Ramiro y los Vivas
Pablo, Justo, Roberto y David;
los Bonillas, Rafael María, Fabio y Jesús;
Rafael, Juan Eduardo y Marco Tulio Ramírez;
Enrique García, Rubén y Alberto Manrique;
Eduardo Medina, Alejo Molina y Aquiles Lozada
Ramón Isidro Chacón y Andrónico Cárdenas;
Félix, Primitivo y Teodórico Sánchez;
y los Useche del Torbes y los Labradores del Llano de la Cruz
y que me perdonen los muchachos que olvido
del Cordero de entonces...

Y muchachas bonitas ¿había? Claro que había:
Alicia, Albertina, Ana, Josefa, Elisa y Toñita Arellano;
Chepita e Hilda Ramírez y las Vivas y Rivas
Livia, Isaura y Deodá, Blanca y Consuelo;
Las lindas hijas de don Aquilino
y las de doña Delfina, Emma y Yolanda
y las de doña Teotiste, Blanca, y Evangelina;
María Antonia y Henriqueta Chacón
hijas de don Argimiro; y cómo olvidarme
de la hermosa Consuelo Avendaño
si yo la enamoraba!!!

Las grandes damas, dueñas de casa, eran imponentes:
doña Braulia, doña Rebeca, Eva y Lía Colmenares;
doña Enriqueta de Castro y doña Pepita de Rivas;
doña Rosita, doña Delia y doña Francisca;
doña Isabelita y la señorita Hermelinda
La señorita María y la niña Anita y doña Paulita;
doña Sara, doña Teotiste y doña Consuelo;
doña Ana Amelia, Antoñita Guerrero y doña Angelina de Vivas.
¡Que hacendosas y que distinguidas eran estas damas...!!!!

Seis maestros insignes tuvo este Cordero:
El maestro Uribe, don Jesús Evelio y don Crisanto García
doña Teófila y las Señoritas Adela y Guadalupe Olivares.
¡Que buenos maestros del Cordero de entonces!
¿Quién no recuerda a don Crisanto García
maestro cabal, maestro completo,
músico, cantor, agricultor y poeta?
¿O a don Jesús Evelio o al Maestro Uribe,
tan sabios, tan serios, tan dignos, tan rectos?
De ese Cordero de antaño, pequeño y alegre,
de hombres tan hombres, tan íntegros,
de padres tan padres, tan buenos,
surgieron abogados, ingenieros y médicos,
sacerdotes y obispos de grandes virtudes, hombres
de empresa y nobles señoras, ejemplos de madres
que hacen honor al Cordero de hoy
y al de hace cuarenta y tantos años....

Justo
Caracas. 18 de enero de 1.975


José H. hacedor de viviendas


José H., mi padre, padre nuestro, lo he dicho,
lo he escrito, fue un gran padre, un gran hombre,
el más hombre de todos los padres.

Fabricó casas, viviendas, cual Dios poderoso,
de la nada, con sus solas manos,
con solo esfuerzo, con su solo trabajo.

La primera la hizo allá en Mucujún,
En Ricaurte, en su exilio en Colombia,
Que duró cinco años, cinco años.

Vuelto a la Patria, en la Mesa de Aura,
y en la Negra del Páramo, desafió barrancos,
domó ventisqueros furiosos, violentos,
instalando toldos, viviendas,
que bien guarecían, que bien alojaban
a su Blancamaría, su dulce Angelina
y a sus hijos pequeños, sus ocho hijos
entonces, cinco machos y tres hembras.

De esta vida dura, inclemente, del exilio
En Colombia y de los toldos en los desfiladeros
de la Trasandina. Sólo hacemos memoria los
tres hijos mayores, hoy sesentones,
uno ya muerto, Roberto.

En Cordero, el pueblo más bonito del Táchira,
José H. Fijó residencia. Fabricó una casa,
Ya no de bahareque como la de Ricaurte,
sino de tejas y paredes pisadas.
No conforme con esto, en el Barrio La Cruz,
Recordando tal vez su casa de Ricaurte,
Construyó otra de bahareque y de teja
y allí montó una bodega, una tienda.
Como no tuviera quien le atendiera la tienda,
Liquidó la tienda y vendió la casa.

Y pensar que estas tres casas, de bahareque,
de tejas y tierra pisada y los siete toldos,
las siete viviendas de la Trasandina,
de gran consistencia frente a la intemperie
de los ventisqueros, fueron construidas,
fueron instaladas por este José H. Tan hombre,
tan padre, casi de la nada, en sólo quince años,
para dar abrigo y calor a su Blancamaría,
su dulce Angelina y sus hijos del alma
que en ese Cordero, tan lindo, llegaron a quince.

Todo esto lo escribo haciendo memoria,
recordando promesa que hicimos a este José H.,
constructor de viviendas, tres casas, siete toldos,
en sólo quince años de exilio y trabajo.
Promesa esta grabada por Pablo,
el mayor de los hijos, pocos meses antes
de morir José H., nuestro inmenso padre:
“Sí , papá, sobre ese terreno que Usted nos deja,
construiremos en Colón, la casa de los Vivas,
que nos una a todos, que nos junte a todos”

Se cumplieron ya ocho años de esta promesa
y todavía no hemos puesto un ladrillo
para esta casa en el Colón de los Vivas.
¿Verdad que parece mentira tanta negligencia
cuando este José H, hacedor de viviendas
es padre, fue padre de quince hijos,
entre ellos el más grande y soñado arquitecto?

Además es abuelo, fue abuelo más de cien veces;
cuatro o cinco nietos ya son arquitectos
y no pocos estudian, estudian para arquitectos.

Pero no le echemos la culpa a los arquitectos
de esta negligencia, de este incumplimiento,
menos a Fruto, siempre tan dispuesto, siempre
tan hermano.
Todos, todos sus hijos tenemos la culpa,
Pues no fue arquitecto este José H,.
sólo fue un gran padre, un gran hombre,
que sólo en quince años construyó casas, viviendas,
con sus solas manos, su solo esfuerzo, su solo trabajo.

Justo
Caracas, 20 de junio de 1.982
Día del Padre.

Por suerte la luna nos hizo sol

Tenía que haber sido en Cordero, en este bonito Cordero del Táchira y debió acontecer en 1932 o 1933 cuando Fruto contaba con cuatro o cinco años apenas. Jose H. mi padre, constructor de casas, constructor de viviensdas, sin ser arquitecto, sin ser ingeniero, construía otra casa en las afueras del pueblo, en el barrio de La Cruz.

Sobre las ocho de la noche, el hornero, peón de confianza realizando labores se cortó una mano, era enorme la herida y ameritaba atención inmediata, entonces en Cordero no había dispensario ni médico, mi padre era casi un médico, un curandero eficaz que nunca, nunca cobraba. Pero como en la mañana se hubiera llevado la caja de curas y medicamentos a la casa del barrio, me ordenó ir de inmediato a traerlas, yo todavía no recuerdo porqué mi padre escogió a Fruto, tan pequeño, para que me acompañara, seguramente Rafael estaba enfermo, Roberto ya estaba en caracas y Pablo era el mayor, lo cierto es que fuimos muy rápido aunque asustados por el estrecho camino bien conocido, entre cafetales y gramales, porque entonces no existían calles. Existía en ese camino tres o cuatro cruces indicando sitios o lugares de muertes violentas, tan frecuentes entonces, que metían miedo a no poca gente cuando de noche, obligados pasaban muy cerca; y como libre que es el miedo a nosotros muchachos, el susto fue grande al pasar frente a estas crucaes de noche, pues de día hasta nos acercábamos a ponerles piedritas.

Cumplido el mandado, mi madre toda preocupada, temiendo un percance por entre estos cafetales y a esas horas, se dirigió a Fruto: gracias a Dios no les pasó nada ¿no les dio miedo? No mamá: no nos dio tanto miedo, porque por suerte la luna nos hizo sol.

Semejante respuesta de Fruto, tan inteligente, tan directa y tan cierta, porque fue esa noche, una noche de luna llena, una noche clara que nos alumbró el camino. Me dejó turulato y asombrado de su imaginación tan aguda, teniendo repito, como tenía Fruto, cuatro o cinco años apenas; y para redondear esta inteligente respuesta, recuerdo que yo le pregunté: ¿y donde sentías el miedo Fruto? el miedo lo sentía en la espalda, me respondió al instante.

En realidad que es por la espalda, en la espalda es donde más se siente el miedo, sobre todo cuando se camina de noche.

Como un homenaje a mi hermano Fruto, tan inmensamente bueno, no solo con sus hermanos, con su familia, sino con toda la humanidad, en particular la más sufrida y dolida. He recordado este pasaje de su niñez, de su infancia mejor diría, en la que ya se asomaba el genio, el talento, probado en horas y gestos de autenticidad poco comunes que nos conmueven, nos enorgullecen a todos, familiares y amigos que le conocen y tratan.

Justo
Caracas, Julio de 1983


La Siempre Vivas – La Blancamaría

Un buen arquitecto
muy bueno y muy sano
sano de alma
y rico, muy rico,
en talentos y afectos
plasmó en un proyecto
hermoso y sencillo
el sueño más bello
de la madre más buena
más santa y más tierna.

Fue un sueño muy lindo
de una casa sembrada
sembrada de flores
de flores silvestres
de varios colores
de siemprevivas
azules, blancas y rojas.

Para esta casa soñada
la dulce Angelina
escogió el nombre
de esta flor silvestre,
de la SiempreVivas,
florecita humilde,
la más humilde
de todas las flores.

Tal vez José H.
su esposo tan bueno
tan padre y tan hombre
y nosotros sus hijos,
tan unidos, tan juntos
hubiésemos querido
que la casa de los Vivas
llevase otro nombre.

El nombre de Blancamaría
como él siempre llamara
a su dulce Angelina
su Angelina del alma,
su esposa querida, la madre
más santa y más buena.

En San Juan de Colón,
el Colón de los Vivas
se construyó esta casa,
esta Siemprevivas
tan abierta y clara,
fresca y florecida
con sus cinco jardines,
uno grande al frente
y al fondo, al fondo
un muy hermoso
y gigantesco bambú.

Los hijos de este José H.
de este lagartijo
tan liberal y tan hombre,
tan grande y tan padre
hermanos del más grande arquitecto,
que tienen sus nidos colgados
allá en San Cristóbal,
en Cordero, Lara, Aragua,
Miranda, Caracas
y en la Zona del Hierro,
con no rara frecuencia,
nos reuniremos todos los años
en “La SiempreVivas”
del Colón de los Vivas
con tía María Antonia
y la tía Teresita
y con primas y primos,
parientes queridos,
para bien recordar
a estos viejos del alma:
José y Angelina.


Justo
Caracas, diciembre 15 de 1.983